¿Dios de multitudes o de individuos?

 


Es normal subestimar el poder de la oración. Creo que a todos en algún momento nos llega la duda de si realmente estamos hablándole a la nada cuando oramos, pero cuando te encuentras en una situación en la que esa es tu última esperanza, oras porque oras. Estando allí en aquella habitación de hospital, decidí que aferrarme a mi fe era mi única alternativa. Cada mañana mientras pude, sacaba un tiempo de oración en el cuál, además de pedir por mí, pedía por los que se encontraban en las demás habitaciones de aquel lugar.

 

Una vez hablando con algunas enfermeras, me contaron que al menos yo tenía el apoyo de mi familia. Algunos fines de semana se quedaba mi hermana y otros mi esposo, además constantemente nos comunicábamos vía telefónica, pero ellas me contaron que había pacientes que simplemente tenían que pasar todo el proceso solos pues por diversas razones (entre ellas la falta de compromiso) sus familiares no iban a visitarles. Esto a mí me partió el alma, y me lleve eso en la mente y en el corazón. Todavía hoy cuando oro por los enfermos, pido en especial por esos que enfrentan su enfermedad a solas ya que tuve una pequeña probadita de lo que se siente estar lejos de los tuyos y, viniendo de una familia tan unida como la mía, fue algo bien difícil.

 

Cuando era pequeña (o no tan pequeña si les soy sincera) y escuchaba en los noticieros que alguna celebridad se enfermaba y pedían la oración por ellos públicamente, yo en mi ignorancia pensaba: “¡Ah, pues claro que se van a sanar! Si tienen a medio mundo orando por ellos, claro que Dios los va a oír y a sanar.” Y algo similar pensé cuando meditaba en esos que estaban solos en su habitación. Yo contaba (y cuento) con un ejército grande de personas que se pararon en la línea de batalla a clamar por mí (gracias a todos por eso), en mi vida imaginaba yo que conocía a tanta gente, pero recibí un sinnúmero de mensajes de personas diciéndome que me tenían en sus oraciones y eso me daba mayor fe de que Dios haría la obra. Sin embargo, me afligía que algunos no contaran con ese apoyo, que tuvieran que clamar por sí solos. Pienso que mal interpreté la palabra cuando dice en Mateo 18:19-21 “Otra vez os digo, que, si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.” Entonces ignorantemente pensé que si estaban solos tal vez Dios no los oiría.

 

Un día ya en mi casa mientras me lavaba los dientes y oraba por ellos, llego a mi mente la historia de Agar y su hijo. Agar era la criada de Abraham con la cuál él tuvo un hijo digamos que por el desespero de no haber visto la promesa de Dios cumplida aún. En una ocasión Sara se molestó con Agar y su hijo y quiso que fueran echados de la casa de Abraham, así que el les dio pan y agua y los dejó ir. Ella con su hijo vagaron por el desierto hasta que se le acabaron las provisiones, así que ella dejó al niño bajo un arbusto y se fue lejos para no verlo morir. Sin embargo, el niño lloró y Dios lo escuchó. “Dios oyó que el muchacho lloraba; y desde el cielo el ángel de Dios llamó a Agar y le dijo: «¿Qué te pasa, Agar? No tengas miedo, porque Dios ha oído el llanto del muchacho ahí donde está. 18 Anda, ve a buscar al niño, y no lo sueltes de la mano, pues yo haré que de él salga una gran nación.” (Génesis 21:17-18) ¡Ah! Así como Dios contestó el llanto del niño, Dios me dio la respuesta a mi clamor. Me dejo saber que ya sea una multitud clamando o seas tú solo en tu habitación, hay un Dios pendiente de nuestras necesidades. Dice la palabra: “…¡tú no desprecias, oh Dios, un corazón hecho pedazos!” (Salmos 51:17 DHH). Lo más grande de todo es que el muchacho ni siquiera dijo palabra alguna, lo único que tenía era su llanto, así que, aunque no te salgan las palabras, si tu corazón clama y gime al Señor, si te acercas a Él con lo que te quede, Él te escucha.

 

A veces solemos pensar que para que una oración llegue al cielo debe ser con palabras rebuscadas, o que debe ser dirigida por un líder súper espiritual, o que debe haber todo un pueblo orando por eso. “Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos.  No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis” (Mateo 6:7-8). La realidad es que orar es simplemente hablar con nuestro Padre celestial de una manera tan natural como hablarías con tu padre terrena al que puedes ver, obviamente teniéndole el respeto y reverencia que merece. Lo mas grande de todo es que Dios siendo tan grande y teniendo tantos hijos de los cuales ocuparse, siempre esta presto para oírnos incluso en nuestra soledad. ¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti. (Isaías 49:15).

 

Hoy puedo testificar del poder de la oración. Aunque el tipo de leucemia que tengo es de alto riesgo, tuve la bendición de no tener complicaciones mayores durante mi hospitalización. Mi cuerpo respondió bien al tratamiento y actualmente me encuentro en remisión (mi cuerpo no presenta señales de la enfermedad). Todavía me falta camino por recorrer, pero estoy tranquila y confiada, pues he visto la mano de Dios moverse durante todo el proceso. Así mismo te exhorto a que le creas y que confíes en que Él te escucha. Y que, ya sea que estés solo o rodeado de personas que te apoyen, recuerdes que tenemos un Dios que prometió estar con nosotros hasta el fin (Mateo 28:20).

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