29 agosto - Sin Defensas





Como he explicado anteriormente, las quimioterapias no distinguen entre matar células buenas y células malas. Así que parte de sus efectos secundarios es dejarte sin defensas, pues destruye tus globulos blancos. En esos días en los que te bajan casi a cero, debes hasta cambiar tu dieta para protegerte. Los médicos no te recomiendan comer frutas ni verduras frescas, pues pueden contener hongos que hagan fiesta al entrar en tu cuerpo ya que no tienen quién los combata. El compartir con personas debe ser con las debidas precauciones para evitar contagiarte con cualquier cosa que puedan tener y debes estar pendiente de tu temperatura o cualquier síntoma que puedas presentar. Tal vez se pregunten por qué llevaba tiempo sin escribir ni dibujar y es que creo que dejé bajar mis defensas (y no hablo de mis glóbulos blancos). Creo que bajé las defensas en otras áreas.

 

Es de conocimiento para muchos que la mente es un campo de batalla muy fuerte. Cualquier espacio que dejemos abierto llega el enemigo a llenarlo con pensamientos no muy gratos y cuando estás atravesando una enfermedad y ya has tenido que ir tres veces a sala de emergencias en menos de una semana, el agotamiento y la frustración comienzan a hablarte. Las primeras dos veces que tuve que ir fue por estar baja en plaquetas. En una de ellas me tuvieron que transfundir y el hospital estaba tan lleno que no había habitación en dónde aislarme. Tuve que pasar toda la noche en sala de emergencias, sin defensas, rodeada de personas con sopecha de COVID y sabrá Dios qué otras enfermedades, sintiéndome como cucaracha en baile de gallinas. Me dan de alta y dos días más tarde… ¿qué creen?… me empieza un dolor de garganta y fiebre. Y claro, me empiezo a imaginar con COVID atada a un respirador artificial, porque la mente crea bombas donde no las hay.

 

Después de hacerme varios laboratorios y salir todos bien, solucionan mi situación con antibiótios y finalmente me dan de alta. Pero antes de salir de aquella sala de emergencias fui al baño ya sintiéndome un poco culpable por haber ido tantas veces a aquel lugar. Pensando si estaría yo siendo un poco paranóica como para acudir tantas veces a ese recurso. Imaginando qué pensarán de mí los que allí trabajan, pues algunos ya me ven y me conocen. Por otro lado con el anhelo de que esto termine ya y pueda recibir mi sanidad completa. Entonces me miro al espejo y: ¡BAM! Un ataque del mismo infierno que me hace sentir que prolongué mi agonía. Que tal vez me tocaba morir y con mis oraciones lo que provoqué fue extender el dolor para mí y ser una carga y sufrimiento para mi familia. Inmediatamente lo reprendí, y me recordé las promesas que Dios tiene para conmigo. Le dejé saber al infierno que Dios no ha terminado conmigo y que todo esto es parte de su propósito. No obstante, aunque apagué el fuego en el momento, esa fue una lucha que me tocó pelear por varios días. Pues, palabras tan duras como esas, tampoco es que se te olviden de la noche a la mañana.

 

“Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes.” (Efesios 6:10-11,13) Ya el Señor sabía que nos tocaría enfrentar duras batallas y nos dejó escrito en su palabra la vestimenta adecuada para enfrentarnos a ellas: el yelmo de la salvación, la coraza de justicia, el cinturón de la verdad, el calzado del evangelio, la espada que es la palabra y el escudo de la fe. En mi caso parezco haber olvidado ponermela completa. Tal vez me quedé con la pijama del hospital. Desenfoqué mi mirada de la esperanza de las promesas de Dios. Bajé la guardia y olvidé alimentar mi fe para poder apagar esos dardos del enemigo que llegaron a mi mente. Y así pasaron varios días en mi hogar. Lo peor de todo es que estar en esa posición vulnerable te hace hasta cambiar la perspectiva de las cosas que te dicen los que te rodean, algunos con buena intención y lo tomas por el lado amargo. Incluso cambia tu perspectiva al mirarte en el espejo y ver que tu cuerpo ya no es el mismo.

 

Sin embargo, Dios es tan bueno, que cuando logré ir a la iglesia mientras estuve afuera, los mensajes que se hablaron allí creo que iban directo para mí. Diciéndome que todavía quedan capítulos por escribir en mi vida, que aunque hoy atraviese días de sequedad yo he de reverdecer como la vara de Aarón y finalmente que no me desenfoque, que lo que Dios ha puesto en mis manos lo siga usando para bendecir a otros aún en medio de mi proceso. Este último me dio a entender que debía seguir escribiendo.

 

Entonces, recuerdo la historia de Nehemías y el pueblo cuando reconstruían las murallas caídas de Jerusalén. Mientras recibían palabras de desánimo de Sanbalat y Tobías y el ataque de los pueblos extranjeros, Nehemías no se quedó a brazos cruzados sino que generó toda una estrategia para terminar de edificar los muros. Levantó guardia contra ellos de día y de noche, puso al pueblo armado en los lugares que aún estaban abiertos y en las partes bajas de la ciudad, la mitad del pueblo tarbajaba y la otra hacía guardia. Incluso los que edificaban el muro, con una mano trabajaban en la obra y con la otra tenían su espada lista. Dice la pablabra que los que hacían guardia nunca se quitaban su vestido, sólo para bañarse. (Nehemías 4). “Fue terminado, pues, el muro, el veinticinco del mes de Elul, en cincuenta y dos días. Y cuando lo oyeron todos nuestros enemigos, temieron todas las naciones que estaban alrededor de nosotros, y se sintieron humillados, y conocieron que por nuestro Dios había sido hecha esta obra.”(Nehemías 6:15-16)

 

Son muchas las cosas que podemos aprender de Nehemías. Un hombre que, a pesar de ser copero del Rey, se convirtió en un líder que decidió levantar la muralla y defensa de todo un pueblo es digno de admirar. Y nosotros a veces menospreciamos la posición en la que nos encontramos pensando que no tenemos nada más que ofrecer. Ver como él sí tenia la armadura bien puesta para poder vencer e ignorar la palabras necias y amenazas de Sanbalat y Tobías sin perder el ánimo de edificar el muro. Por el contrario, simplemente tomó acción e ideó un plan para fortalecer las partes débiles del pueblo y prevenir cualquier ataque (no se quedó solamente llorando). Y nosotros muchas veces sí le prestamos oído a lo que el enemigo nos dice y le hacemos espacio en nuestra mente y corazón. En vez de tomar acción para vencer lo que venga, nos quedamos de brazos caídos y no fortalecemos esas áreas que ya conocemos que están en debilidad. Además, ver el ánimo del pueblo a seguir tabajando en la obra mientras tenían su espada bien equipada para pelear, nos muestra que debemos estar listos en todo tiempo para lo que venga, sin dejar de hacer lo que fuimos llamados a hacer. El resultado como pueden leer, no solo fue el haber logrado la meta, sino que otros vieran y conocieran lo que habían logrado de la mano del Señor.

 

En fin, a veces no nos damos cuenta pero dejamos puertas y espacios abiertos en nuestra vida que hacen que el enemigo lo quiera ocupar. Esto puede ser en cualquier otra área. Por ejemplo: cuando decidimos no resolver discusiones tontas con alguna persona y dejamos el espacio abierto para que la raíz de amargura siga evolucionando hasta que no hay marcha atrás ni lugar para el perdón. Llega un mometo que dejamos caer nuestras murallas y estas necesitan ser reedificadas. Lamentablemente aunque podermos necesitar la ayuda de otros, la decisión de levantarlas es de nosotros. ¿Cómo la levantamos? Conectándonos en oración a la fuente que es Cristo. “Torre fuerte es el nombre de Jehová; A él correrá el justo, y será levantado.” (Proverbios 18:10). Revistiéndonos de las armaduras espirituales que ya les mencioné y se encuentran en el libro de Efesios 6. Y en especial llenádonos de su Palabra que alimeta nuestra fe. “Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo,” (2 Corintios 10:3-5).  Y obviamente si sientes que no puedes solo, salir a buscar la ayuda que necesites.


Por mi parte aquí estoy yo de vuelta y de pies, decidiendo reedificar los míos un bloque a la vez. Todavía recibiendo algunas noticias no tan agradables, pero viendo como he logrado manejarlas con mucha calma y confianza en mi Dios. Porque si hasta aquí me ha ayudado, sé que la obra que comenzó, la ha de terminar.

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