22 marzo – Libertad Agridulce
El 16 de marzo, luego de 1 mes y 8 días de haber sido hospitalizada, recibo la repentina noticia de que seré dada de alta. Se supone que luego de mi tratamiento de quimioterapia me tocaba hacerme una prueba de la médula ósea nuevamente (prueba que me resultó muy dolorosa la primera vez que me la hicieron), esto para saber si el tratamiento había hecho lo que tenía que hacer en mi cuerpo. Pero, sucede que mi plan médico aparentaba no cubrir los gastos y aunque llevaba semanas gestionando el recibir el plan médico del gobierno aún no me lo habían aprobado. Así que, como no había quién pagara mi prueba, decidieron darme de alta para no dejarme esperando ya que me veían en buen estado de ánimo y hasta ahora mis pruebas de sangre iban mejorando.
A pesar de que en mi corazón existía el gran anhelo de reunirme con mi familia. La noticia me supo agridulce. Por un lado, sentía la emoción de poder ver a los míos nuevamente, de abrazar a mi mamá y a mi papá, de sentir la brisa del viento y escuchar los árboles moverse, de simplemente poder mirar el cielo y las nubes ya que en mi habitación solo podía mirar por una ventana con cortinas y que siempre estaba media opaca por la condensación. Por otro lado, la sensación de que me estuvieran echando de aquel lugar por falta de dinero, por no contar con un plan que cubriera todos mis gastos, la preocupación de que la enfermedad siguiera ahí latente y las veinte musarañas que en la mente comienzan a meterse. Ese día lloré. Lloré y oré pidiéndole a Dios que simplemente se hiciera su voluntad, que ya yo no sabía que era lo mejor para mí, estaba muy confundida. Le pedí que Él se encargara del asunto…
Más tarde, por accidente, en vez de llamar a mi papá llamo a mi suegra. ¿Accidentes en Dios? No lo creo. Me dio unas palabras de fe y ánimo que necesitaba escuchar e hizo una oración por mí. Sentí a Dios… no obstante, luego de algunos minutos recogiendo mis últimas cosas y llamando a mi familia para que me buscaran, yo seguía en mi sube y baja de emociones. Ya una vez recogí todo y estaban muy cerca de venirme a buscar, miré por la ventana y me vienen estas palabras a mi mente: “antes de tiempo”. ¡PUFF! Se me voló la cabeza. Llevaba casi mes y medio pidiéndole a Dios que lo que iba a hacer en mí lo hiciera antes de tiempo, ya que los médicos me pronosticaban meses en aquel lugar. Lo mismo podía ser dos meses que tres o más (para ser sincera en sus miradas ni siquiera me garantizaban la vida), pero yo le rogué a Dios que no me dejara allí tanto tiempo, que quería ver a mi familia, que quería testificar de lo que Él hizo. Y ahora que recibía la noticia de que iba a salir, me estaba quebrando por dentro. ¿Quién nos entiende? Me parecí al pueblo de Israel anhelando su libertad para luego quejarse del proceso de liberación en el desierto: «¡Si tan solo el Señor nos hubiera matado en Egipto!—protestaban—. Allá nos sentábamos junto a las ollas llenas de carne y comíamos todo el pan que se nos antojaba; pero ahora tú nos has traído a este desierto para matarnos de hambre» (Éxodo 16:3 NTV). Y es que a veces pedimos tanto a Dios por algo, que cuando lo recibimos ni nos damos cuenta. Muchas veces queremos que sea a nuestra manera, pero sabemos que Dios tiene sus caminos y sus sendas. “Así como no puedes entender el rumbo que toma el viento ni el misterio de cómo crece un bebecito en el vientre de su madre,[c] tampoco puedes entender cómo actúa Dios, quien hace todas las cosas” (Eclesiastés 11:5 NTV).
En fin, salí y logré abrazar a los míos bajo lágrimas. Me monté en el carro como lo imaginé y saboreé muchas veces en mi mente, aunque diferente, pues fue en la noche y bajo lluvia. Lluvia que me confirmó que Dios estaba en el asunto, así como esa lluvia bajaba anunciaba su bendición. Y aunque sigo batallando con los planes médicos (no lo niego bajo estrés) y todavía no me han hecho la prueba de la médula por lo cuál no se del todo mi estado de salud. Confío en que Dios lo hizo o lo hará antes de tiempo; que ya sea que me toque volver a aquel lugar o no, me dio el deleite de pasar estos días con mi familia para recargar fuerzas, me permitió ver los árboles y sentir la brisa, me permitió mirar el cielo y las nubes. Dios oyó mi oración. Parece que a veces, lo que nos hace falta es ver lo bueno en las pequeñas cosas y mirar bajo los lentes del agradecimiento para cambiar el panorama. “Estén siempre alegres. Nunca dejen de orar. Sean agradecidos en toda circunstancia, pues esta es la voluntad de Dios para ustedes, los que pertenecen a Cristo Jesús (1 Tesalonicenses 5:16-18 NTV).

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