16 junio – Cicatrices
Las cicatrices no son lindas a la vista. De hecho, muy a menudo las queremos ocultar o desaparecer. Son muchas las cremas y productos de belleza que prometen ayudarnos a que no sean muy visibles o a que con el tiempo desaparezcan de nuestra piel. Pero, cada una de esas marcas que llevamos son un intento de nuestra piel de repararse, de sanar algún tipo de trauma que hayamos recibido y tienen una historia que contar.
Hoy miro mi pecho y tengo varias cicatrices en el, y aunque regularmente visto con ropa que las cubre, no me daría vergüenza salir con ellas expuestas. A lo mejor me vería como un tipo rudo de esos que vemos en las películas que están muy orgullosos de sus cicatrices y que cuentan la historia de sus luchas y de como las obtuvieron. Pero para poder hacer esto ya tienen que haber sanado, porque exponer nuestras heridas aún abiertas y sensibles pueden hacer que se nos infecten y nos duelan otra vez.
El proceso de sanidad es diferente para cada herida y conllevan tiempos distintos para curarse. El detalle es que esas cicatrices de las que hablo no siempre las llevamos solo en nuestra piel. Hay cicatrices que traspasan nuestro cuerpo y se convierten en marcas que, no solo afectaron nuestro físico, sino también nuestra mente y emociones. Así como hay heridas físicas que no pueden ser sanadas por sí solas y necesitamos un médico que las atienda, también hay heridas espirituales que necesitan del médico por excelencia. Ese médico es tan bueno que nos dejó en su palabra promesas de sanidad: “Mas yo haré venir sanidad para ti, y sanaré tus heridas, dice Jehová;[...]” (Jeremías 30:17), “Él sana a los quebrantados de corazón, Y venda sus heridas.” (Salmo 147:3). Lo bueno es que Él ya pagó por esa sanidad en la cruz (Isaías 53:5) y que al igual que nosotros también experimento llevar consigo heridas y cicatrices. “Luego dijo a Tomás: Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. (Juan 20:27).
Como mismo le pasó a Jesús, esas marcas que llevamos son evidencia de lo que hemos logrado sobrellevar. Muchas veces son testimonio del poder de Dios y del cambio que ha hecho en nosotros. No todos van a creer en lo que hemos logrado superar y como hemos logrado seguir de pie hasta que vean la evidencia en nosotros. “Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.” (Juan 20:28-29). Pienso que, así como Jesús, esas marcas superadas que llevamos sirven para alentar a otros a creer, pues hemos sido llamados para alumbrar y testificar a otros. “Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” (Mateo 5:14-16).
No me mal entiendan, tampoco es que les vaya a decir que debemos estar felices porque nos tocó pasar por un tiempo de tribulación, pues si me dieran a elegir ciertamente escogería no tener que haber pasado por esto. O sea, ¿quien desea estar enfermo? Así mismo se que hay otros que la vida les ha tocado mucho más fuerte que a mí. Gente que ha tenido que vivir y superar maltratos, violaciones, guerras, etc… y no es que debamos estar orgullosos de haber tenido que vivirlo, sino estar orgullosos de que logramos superarlo, que seguimos de pie, que echamos el cuero duro, tuvimos las agallas de seguir y no darnos por vencidos y que hoy podemos alentar a otros a vencer también. “Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.” (Filipenses 3:13-14)
Mi punto es que las cicatrices y marcas de nuestro cuerpo no deben ser motivo de complejo, vergüenza, ni de sentirnos menos que nadie. Por el contrario, cuentan una verdad de lo que somos capaces de superar. Como la mujer que lleva estrías por haber dado a luz, o el que lleva la piel colgante por haber rebajado con determinación, hoy mi pecho va escribiendo una historia de mi proceso hacia la sanidad. Pues podemos estar “[..]atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos;” (2 Corintios 4:8-9). Y el haber permanecido con mi fe en medio del proceso sé que tendrá grande recompensa “[…]De manera que la fe de ustedes, al ser así probada, merecerá aprobación, gloria y honor cuando Jesucristo aparezca.” (1 Pedro 1:7 DHH). Así que “De aquí en adelante nadie me cause molestias; porque yo traigo en mi cuerpo las marcas del Señor Jesús.” (Galatas 6:17).

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